
amarte es esto:
una palabra que está por decir
un arbolito sin hojas que da sombra
Juan Gelman

amarte es esto:
una palabra que está por decir
un arbolito sin hojas que da sombra
Juan Gelman
Las gaviotas discuten con el rocío de las olas
Las gaviotas discuten con el rocío de las olas, mientras los rabihorcados
hacen círculos durante horas, en un batir de alas, alrededor del arrecife
donde un pontón se oxida. Un año ha finalizado sus tormentas, y los hombres
llenos de miedo han escudado las vidas como faroles de sus ventoleras,
o caído juntos en hogueras. Pero ahora se abren espacios azules como
hendiduras en el humo, los pájaros se pliegan en grietas de rocas
cuya arena ha sido rastrillada de huellas. La mar,
que se precia de que ningún hombre la marque,
aún ofrece tales lugares para la pluma egoísta,
y la isla de coral del cerebro tiene lugares donde la república
del pólipo fue construida para nosotros -cuevas hipnotizadas
que se agitan con la luz de la ola, jaras que blanquean
con indiferencia creciente madera flotante o barcos que se fueron a pique.
Tras un año podrías llamar guerra a la conmoción
de los bancos de arena cañoneados por las olas,
y los robos a pico armado que las gaviotas practican entre sí
porque todo es en honor del dios gaviota. Pero hay islotes donde nuestra
sombra es anónima, con pececillos cuya similitud se nos
escapa mientras la cadena del ancla matraquea desde la proa.
El tigre
Tigre, tigre, que te enciendes en luz
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo idear tu terrible simetría?
¿En qué profundidades distantes,
en qué cielos ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Qué mano osó tomar ese fuego?
¿Y qué hombro, y qué arte
pudo tejer la nervadura de tu corazón?
Y al comenzar los latidos de tu corazón,
¿qué mano terrible? ¿Qué terribles pies?
¿Qué martillo? ¿Qué cadena?
¿En qué horno se templó tu cerebro?
¿En qué yunque?
¿Qué tremendas garras osaron
sus mortales terrores dominar?
Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y bañaron los cielos con sus lágrimas
¿sonrió al ver su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?
Tigre, tigre, que te enciendes en luz,
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
osó idear tu terrible simetría?
En este callejón sin salida
(Versiones de Antonio Gamoneda basada en las de Clara Jánes)
Buscan en tu boca por si hubieras dicho: te amo.
Buscan en tu corazón
es un tiempo extraño, amigo mío.
Al amor
le dan latigazos
junto a los postes del camino.
Hay que esconder el amor en el rincón más oculto de la casa.
En este callejón serpenteante y frío
mantienen el fuego con los leños de la poesía y de la canción.
No te arriesgues a pensar,
es un tiempo extraño, amigo mío.
El que de noche llama a la puerta
ha venido a matar al farol en su llama.
Hay que esconder la luz en el rincón más oculto de la casa.
Alto, ahí están los carniceros dominando los caminos
con una tabla y un machete ensangrentado;
es un tiempo extraño, amigo mío.
Van a cicatrizar la sonrisa de los labios y las canciones de la boca.
Hay que esconder la alegría en el rincón más oculto de la casa.
Un pincho de carne de canario sobre el fuego de azucena y jacinto.
Es un tiempo extraño, amigo mío.
Satán, ebrio de victoria, está celebrando en la mesa nuestro llanto.
Hay que esconder a Dios en el rincón más oculto de la casa.
La primavera
¡Que resuene el flautín
que ahora está callado!
Delicia de las aves
de día y de noche;
el ruiseñor
en la quebrada,
la alondra en el cielo,
festivamente,
festivamente, festivamente,
para darle la bienvenida al año.
El muchachito,
repleto de gozo;
la muchachita,
dulce y diminuta;
el gallo canta
como tú lo haces;
voz alborozada,
barullo infantil,
jubilosamente,
jubilosamente,
para darle la bienvenida al año.
Corderito,
aquí estoy;
acércate y lame
mi blanco cuello;
deja que tironee
tu lanilla suave;
déjame besar
tu suave rostro:
jubilosamente,
jubilosamente,
para darle la bienvenida al año